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¡Qué
tristes están las campanas subidas en la torre!,
allí se mantienen calladas sin que nadie las toque,
sin que nadie las repique en fiestas y alboradas.
Ellas están retiradas de la vida cotidiana,
recordando aquellos tiempos que en cualquier momento tocaban.
Al llegar el alba empezaban a tocar las oraciones,
para que pudieran rezar aquellos madrugadores.
Por la mañana llamaban a la misa de diario,
y por la tarde repicaban para rezar el rosario.
Tocaban con mucha alegría,
para llamar a la gente a la misa del domingo a mediodía.
Porque Cristo se moría en Semana Santa callaban,
para repicar con más fuerza el día de la alborada.
Para bendecir los campos se hacían las rogativas,
ellas seguían repicando igual que en Pascua florida.
En Corpus y la Ascensión,
con su canto alegraban mientras duraba la procesión.
Si la tormenta se acercaba por el pico del Tambarón,
para poder desviarla entonaban su canción.
Cuando había algún casamiento,
había que ver como tocaban para celebrar aquel momento.
Cuando algún niño nacía,
cómo sonaban para exponer su alegría.
También sabían llorar,
cuando alguno de los vecinos lo llevaban a enterrar.
Con un sonido cansino llamaban a los vecinos,
para que con sus herramientas fueran a hacer camino.
De tres en tres hasta nueve cada una, así y con eco,
llamaban a los vecinos que acudieran a concejo.
Cuando se hacían monterías así como
las majadas,
siempre se iba a la torre a tocar las campanadas.
¡Qué repiques de campanas se escuchaban en el
pueblo!,
lo mismo del otro lado, el día de San Pelayo.
Si algún incendio había ellas tocaban a arrebato,
para llamar a sus gentes que vinieran a apagarlo.
Cuando llegaba el otoño y a las ferias se iba,
se tañían las campanas para avisar de su salida.
¡Con qué alegría repicaban cuando llegaban
las Navidades!,
pues cómo se divertían niños y mocedades.
Desde esa altura subidas y a esa torre enganchadas,
alcanzáis a ver el camino por donde los ciudadanos
emigraban.
En la torre las campanas no dejan de repicar,
cantaban cuando naciste y lloran cuando te vas.
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