Cultura
 

  Memorias de un Pueblo
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La suerte del cerdo

    Como le decía un hombre a su cerdo: "para tí es la vida", y el cerdo le respondía "ong", y éste le contestaba: "¿todavía dices que no?", y dándole unas palos al cerdo no le quedó mas remedio que decir "güig", y el dueño ya entendía que "sí". Yo creo que no tenía razón ninguna, porque al cerdo se le deja vivir muy poco, aunque yo desconozco cuán larga es la vida de un cerdo.

    Con la caída de la hoja se aproxima el sanmartino, y ahí empieza el peregrinar del cerdo, de cabeza al matadero. Ahora en cualquier momento le quitan la vida, no es como cuando yo me criaba, que no se hacía hasta que no se tenía el pimiento, hasta que no llegaban con él los del Peñín, que eran de Villanueva de Omaña. Lo que yo no sé es por qué esto tenía que ser asi. Total, que como ya habían venido los de Peñín, ¡ala!, ¡a matar!. En los pueblos siempre había algún espabilado que con ese cuento de ser matador llenaba bien el estomago durante las matanzas.

    Aquí empezamos la mata del ya nombrado cerdo. Por la mañana temprano, llegaba el matador con un cuchillo debajo del brazo, dispuesto a empezar la juerga. Lo primero que hacía era beber varias copas de orujo acompañado de galletas y en algunas ocasiones de jamón. Mientras esto sucede, con un buen fuego en el suelo, se pone a calentar el agua en una gran caldera, que solía ser de cobre. Estas calderas ya han desaparecido de las casas de los pueblos. Para que la caldera no se abollara con el peso del agua se le ponía una corra de paja para posarla encima al apartarla del fuego. Éstas corras eran una obra de arte. Ya vamos a por el cerdo, que estaba en el cubil sin comer desde el día anterior para que las tripas estén más vacías. Dos hombres lo cogen por las orejas y otro por el rabo. Estos suelen ser los más forzudos pero el cerdo los zarandeaba como le daba la gana. No con pocos esfuerzos consiguen echarlo sobre la mesa. Ésta es un tablón con cuatro patas de unos treinta centímetros de largo. Al lado de la mesa está esperando el matador, cuchillo en mano, y como ya el cerdo está en postura sobre la mesa éste le clava el cuchillo por delante de las patas delanteras, que en vez de ir a parar al corazón a veces va entre la paleta y el costillar; de ésta forma el cerdo sigue con la música que ya tenía desde el momento en que le tocaron las orejas. Si tiene más suerte y acierta al corazón el cerdo se muere de momento, cuando no es así se muere de despecho.

    Mientras el cerdo sangra una mujer con un caldero y un palo recoge la sangre y revuelve para que no se coagule. Ésta sangre servirá para después hacer morcillas. Las morcillas se hacen de grasa del cerdo (unto), cebolla, sangre, pimiento y sal; y clara está metiendo esta mezcla en tripas.

    Una vez que el cerdo estaba muerto, se le echaba el agua por encima tal ésta estaba hirviendo. Para esto el cerdo estaba ya en la masera. Una vez allí se bañaba bien para que luego pelara bien. Después se sacaba para encima de la mesa donde provistos de cuchillos se ponían a raspar hasta quedara limpio de serdas y suciedad, tal que parecía un huevo.

    Aquí el experto de turno o matador le sacaba las tripas, no sin romperlas en algunas ocasiones y llenar todo de mierda. En esta parte entra la pericia de las mujeres, que las desurden y preparan para lavarlas y seleccionarlas para después hacer botillos, lomos, chorizos, morcillas... Cuando el cerdo ya está limpio con grandes esfuerzos se cuelga de una escarpia que para tal fin está clavada en una viga. Allí se deja hasta el día siguiente en que vuelve "el práctico" a partirlo y echarlo en sal. En sal se ponen los jamones, los tocinos y las patas, y del resto se hacen los ya mencionados chorizos, botillos, lomos y morcillas. Éstos adobos una vez hechos se cuelgan al humo, y después de unos días se prueban, sobre todo los chorizos, aferborados con vino, y ¡que aproveche!.


Autor: Modesto González Oveja.
 


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