Cultura
 

  Memorias de un Pueblo
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Un día con las vacas camino del Puerto

    Sales temprano, sacas las vacas de la cuadra, cojes el morral y la manta y ¡ale!, camino del Puerto… Subes por las Calzadas pues por el camino de La Cuesta está prohibido, se encuentra cerrado con dos cancillas, una detrás de La Cortina y la otra en Brañarrionda. Llegas al Campo de Llamón, allí cojes la senda del Sejoblanco por Prepaulín, y camino de las Ballinas del Aro haces el primer descanso en el Chano de las Diez, lo que quiere decir que hay que echar mano al morral y quitarle algo de peso, tomando las diez.

    Mientras tanto las vacas ya alcanzaron la Campera del Sejoblanco, donde con un poco de galbana llegas tú. En dicha campera te encuentras con otros pastores, y en seguida se juega a la biarda o a la villa, otras veces al juego de la navaja. Poniendo toda la atención en estos juegos te olvidas de las vacas, cosa que ellas aprovechan para meterse en los prados de Gabaire. Cuando tú lo recuerdas ya el coteiro las había penado, y luego no sabes como inventar la mentira para que en casa no te caneen.

    Cuando ya reunes las vacas, las echas hacia Capiecho, para esto ya es la hora de comer la merienda que te quedaba de haber tomado las diez. Te acercas a la Fuente de Perpeda, y allí, junto con algún trago de agua, que por cierto es bastante fina y fría, das fin a la merienda. Esta solía ser tocino, chorizo, morcilla, queso de cabra y pan. Mientras tú comías las vacas llegaban al Puerto, pasaban para el lado de Vivero por Valdeciervos, Los Recueiros y El Tronco. Claro está, para aquella zona no había derecho a pastar, así que cuando menos te lo esperabas se presentaba cualquier vecino de Vivero, y ¡para qué voy a contar!… Cogías de nuevo las vacas, las echabas para La Colchona, por Los Negredos, a la Fana Rubia y para el valle de La Losera y Llano del Tambarón.

    Para ésto ya el día se iba terminando y cuando te querías dar cuenta era casi de noche. Entonces, precipitadamente arreabas las vacas por la Senda de la Perdiguera. Cuando llagabas al Abedul Viejo se divisaban las luces en el pueblo, para esto todavía había que bajar La Champaza, El Funtanal, El Corón y San Roque. Cuando llegabas a la entrada del pueblo te estaban esperando, y como el coteiro ya había pasado la noticia de que las vacas habían estado en los prados, así empezaba el calvario: que ¡dónde estabas para dejar entrar las vacas en los prados!, que ¡no tenías sentido!, que ¡para qué te echaban con ellas!, que ¡con cuáles las juntaste que mira que cornada trae la Garbosa!, ¡a éstas horas no son horas de venir para casa, no veías que escurecía!, etc, etc…

    Con todas estas peripecias habías pasado un día, si quieres divertido como la mayoría de los días, pues la riña diaria si no era por una cosa era por otra…


Autor: Modesto González Oveja.
 


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